domingo, 15 de octubre de 2017

LA CERTEZA, UNA FUERZA POSESIVA

Cada uno de nosotros, la mayoría de las veces, nos vemos reflejados en los demás creyendo que sienten, piensan o perciben como nosotros e, incluso, que actúan o actuarán como nosotros ante iguales circunstancias. Y no es así. Tal vez, por eso, el partido en el poder que nos gobierna supone que sus medidas son las que todos quieren o esperan. Y no es así.

Parece cierto, tal como dice el refranero español, que “el ladrón cree que todos son de su condición”, sin embargo, cuando los radicales, maximalistas u obsesivos del independentismo, nacionalismo, comunismo, capitalismo, etcétera comprueban que no es así, sólo ven en los que no piensan como ellos sus antípodas y enemigos. “O eres patriota o no lo eres”, se les oye decir. Pues no. Se puede ser más o menos patriota, más o menos nacionalista, estar más o menos identificado con una u otra idea o ser más o menos radical apropiándote cosas de uno u otro, aunque al unísono no se pueda sorber y soplar o, como el embarazo, sólo admita una alternativa; es decir, las cosas, las circunstancias, las personas físicas no son blancas o negras, zurdas o diestras, creyentes o no creyentes, amigos o enemigos. Hay infinidad de clases y matices diferentes en casi todo y, mientras esto no se tenga presente o los situados en el norte y en el sur, de ello, no se den cuenta, será muy difícil entenderse y ver clara la realidad.

¿Por qué los que estén situados en polos opuestos (o extremistas) han de considerárselo y, en menor medida, los más próximos al ecuador (o moderados)?

La adaptación es la causa fundamental de la continuidad de la vida; sin aquélla, resultaría imposible ésta. Por tanto, los más moderados pueden adecuarse de mejor manera a la supervivencia; cercanos a los trópicos suben o bajan, merced al clima que más los beneficie, sin que la extrema dureza de los polos se lo permita a los intransigentes.

Comprendo que es fácil decirlo y algo más difícil ejecutarlo, pero practicar la reflexión, el dialogo, la pausa, el silencio, pueden ayudar. Hay cuestiones, no obstante, con la que no valen las medias tintas ni los términos medios y con las que se ha de ser intolerante: el crimen, la violencia, el maltrato, la esclavitud, el sometimiento, el abuso de poder, la guerra y otras tantas cosas denigrantes que cada cual tendrá en su caletre y a las que añado el paro, la injusticia y la corrupción. Bien es cierto, que hay cuestiones semánticas que tratan de disimular muchos de estos casos. Los políticos son muy dados a su uso para tapar sus errores y felonías. Baste recordar la época de la dictadura en España. La Administración decía que los españoles gozábamos de una “democracia orgánica”. Influye también, además del ambiente en el que nos desenvolvemos, la educación o domesticación de niño recibidas. A veces, se impregna de tal manera que ni la razón, ni el sentido común, ni la bondad son suficientes para modificarlo.

Es una falacia que cualquiera de los “ismos” citados sean sentimientos. Los sentimientos se modifican ante una fuerza más poderosa (como la certeza) que los doblega y los ajusta. Del amor se pasa al odio, de héroe a villano, de dios a diablo o viceversa.


Hay ocasiones que nos basamos en la tradición y la costumbre para justificar lo injustificable. Y no es así.  Afortunadamente, la mujer está adquiriendo más protagonismo, el homosexual es menos vilipendiado, la bruja no va a la hoguera, los minusválidos no se sacrifican en la Roca Tarpeya y el mundo avanza hacia la eliminación de fronteras y la unión de sus gentes que, salvo excepciones, buscan la paz, la libertad y el bienestar. Un mundo con avances y retrocesos en el que todos quepamos teniendo con que ganarnos la vida (incluso los inmensamente ricos o los pobres de solemnidad) y donde la igualdad de oportunidades sea verdadera.

lunes, 9 de octubre de 2017

GERMENES VIEJOS

Exacerbado patriotismo nacional o independentista son voces que prometen la gloria. Pasiones incontrolables coreadas por una música celestial, animan a olvidar los  principales problemas diarios con cánticos de sirena que los silencian. La masa enfervorecida necesita  alentarse con sentencias de muerte y participar en ellas (anónima y ausente de criterio) hasta convertirse en justicia, verdugos y cadalso. Ya no hay patíbulos donde exhibir al ajusticiado en la horca y la turba se llena la boca de democracia, paz y libertad, mientras quienes los dirigen imponen leyes a su antojo que han de aceptar. Un inconmensurable río de gente dirigido por un gobierno, los lleva a la Meca como corderos con el único objetivo de ser sacrificados. Son obedientes y no piensan. Acuden como posesos al ara del sacrificio. Les falta  tiempo para reflexionar lo qué pasa, las razones objetivas que les asiste, el porqué han llegado hasta esa situación.

Todo se monopoliza. Sólo existe una cuestión. Ya nada se habla del paro, de la corrupción de las clases dominantes, de una sanidad empequeñecida, de una mala educación, de una convivencia que se deteriora con rivalidades y enfrentamientos, incluso, entre amigos y familiares. Y el miedo se extiende como la pólvora entre los que se mantienen al margen asustados sin que nadie sea capaz de atajar la locura desatada. Pero el mundo, ajeno a esa ceguera, no se ha detenido y recuerda la historia de millones de muertos originados (sin ningún sentido) por ocultos fines de mangantes o dementes con intereses ilegítimos.

El gobierno regional que los provoca se muestra seguro, pacifico, confiado y, como caldo de cultivo, se sirve de ello para alimentar a sus seguidores con pequeñas precipitaciones que cale bien sus huesos, empape y fructifique sus cuerpos como la tibia agua de mayo.  Espera el fallo de un imaginario enemigo para sentirse más víctima todavía, pese a que siendo lobo se vistió con la piel de cordero para, desde el primer momento, mantener engañados a sus fieles e incondicionales. Pobres estos que no ven sino a través de ojos extraños.

Embravecidos y robustos hombres portan una bandera. Un trozo de trapo cambiante por el que estarían dispuestos a dar su última gota de sangre, escudados en un sentimiento patrio que los une e identifica, al tiempo que los excluye, los limita y los hace vulnerables. Son semillas de viejos tiempos, arrastradas por los aires que, de vez en cuando, transitan merced a embaucadores prometiendo lo que desea oír la gente, para lograr sus propios intereses.

Himnos, banderas, signos obligados e inventados, fácilmente mudables. Identidades, patrias, religiones, sentimientos, símbolos cambiantes de los que avezados expertos se aprovechan para evitar que ninguno de ellos nos proporcione la paz o el bienestar a los que, la mayoría de nosotros, aspiramos, independientemente de donde hayamos nacido o vivido. Hagamos íntimos y privaticemos nuestros principios. No deseemos que nada se nos imponga.  No hay remedio mejor que potenciar la libertad respetándonos en un sistema participativo y abierto donde prime la Honorabilidad, la Transparencia y la Rentabilidad que siempre ponderamos.


Hablemos, viajemos, conozcamos otras gentes, otras culturas, otras ideas. Ni mejores ni peores. Debatamos. Razonemos. No permitamos que nadie imponga su voluntad cuando los ojos los tenemos cerrados, estamos dormidos o alguien nos ha trastornado. Avancemos para que los pueblos se unan y no se separen. Ya han pasado los tiempos que Roma imponía la dictadura para entenderse. Demostremos que nuestra conducta ha cambiado.

domingo, 1 de octubre de 2017

ES URGENTE, SEÑOR RAJOY

Créame señor Rajoy y hágame caso.

Una de las pocas soluciones que España tiene de reconciliarse, es que usted, al frente de su equipo o gobierno,  vaya a la Generalidad para hablar con los diputados de aquel Parlamento antes de que proclamen la independencia. Habrán de ir con humildad, dispuestos a negociar, a entenderse, a ceder reconociendo que, por encima de todos y todo está el bien de España y de su gente (y, por tanto, del pueblo de Cataluña). Vayan, por favor, arrepentidos y aceptando su parte de culpa (que la hay y grande).

No sé si este mensaje llegará al señor Rajoy, pero, en su caso, me gustaría que siguiera leyendo.
Hace ya tiempo, me llamó mi mujer diciéndome lo preocupada que estaba porque uno de mis hijos, sin avisar, sin decirle nada, pasó la noche fuera de casa. Recuerdo que me indignó y prometí que el fin de semana, que volvía (precisamente en las fiestas de aquella localidad), mi hijo sería castigado.

Usted, señor Rajoy, prometió que no habría referéndum y sí lo ha habido. Usted y su equipo nos aseguraron que nunca habría separación de Cataluña y no podemos confiar que eso no suceda y, menos todavía, con absoluta integridad de la gente. Continúe, por favor, leyendo.

Pues bien, regresé, y mi hijo recibió mi reprimenda, informándole de mi determinación inquebrantable de que no saldría de casa por nada del mundo. Llegó la hora y sus amigos, adolescentes como él, vinieron a buscarle a casa (entre ellos su media-novieja) ataviados para la ocasión. Les hice saber mi decisión y a pesar de sus ruegos tuvieron que marcharse sin él. Él no salía de su habitación, pero lentamente se arreglaba para salir. Su madre, en permanente comunicación con él y conmigo, vino a decirme que cediera, que le permitiera salir, porque –me aseguró- que por las buenas o las malas- se iría. “¿Qué harás en ese caso?”, me instó. “¿No le dejarás volver más?” “No lo hará”, le dije. “Si lo hará, me contestó. “Y cuándo no vuelva, ¿podrás vivir sin él?

Hágame caso, señor Rajoy, vaya con sus más leales consejeros humildemente a Cataluña. Exprésese como sepa. No es cuestión de oratoria sino de dar marcha atrás, de volver a empezar.

Le hice caso a mi mujer y, tal como ella me indicó, negocié con mi hijo. Reconocí mi enfado por su actitud, por la cual me disculpe. Consentí que saliera con sus amigos, si lo sucedido no volvía a repetirse.  Él admitió su error aduciendo una falta de comunicación con mi mujer (al fin y al cabo daba lo mismo) y prometió que no volvería a ocurrir. Nos reconciliamos tibiamente. Él salió y yo no tuve que recorrer las calles en su búsqueda. ¿Se hubiera ido para siempre? ¿No hubiera vuelto a casa? Mejor ni planteárselo.


No elucubre más señor Rajoy. Su promesa no la cumplió. No dude más. No espere ni un minuto más. Vaya. Corra. No haga caso a quien le diga que usted es la fuerza, el orden, la ley. Yo mismo reconozco que la ley está de su parte. Pero las vidas humanas no toleramos el uso de la fuerza, ni siquiera el de la razón, si contra ellas se atenta o se sienten agredidas o indignadas.

sábado, 23 de septiembre de 2017

NADA QUE VER CON LA DEMOCRACIA

Siento disentir de los que ahora, con el tema de la independencia de Cataluña, dicen que el mismo es una cuestión no de independencia sino de democracia. (La democracia es liberalismo, libertad, pluralismo, tolerancia… lo contrario de autocracia, dictadura, tiranía… Política por la que el pueblo ejerce la soberanía mediante la elección de sus dirigentes).

Creo sinceramente que la democracia es algo maravilloso, encomiable y digno de preservar. Manosearla para principios estériles, pueriles o, sencillamente, para quedar bien como si a los que hemos carecido de ella no nos importara, es jugar con fuego sin haber manejado antes una escopeta. 

Posiblemente denoten mis palabras cierto temor y estáis en lo cierto si así lo pensáis, pero todo aquello que perturbe el entendimiento entre partes no se resuelve enfrentando a los ciudadanos entre sí; al contrario, todos perdemos como perdimos no hace tanto porque alguien no permitió que fueran los políticos (entre ellos) quienes dilucidaran los problemas. Esto no supone aceptar la imposición, la injusticia o el abuso de parte alguna; esto, claramente admite, que los políticos han de ajustarse a las normas por ellos establecidas y jugar las cartas para cambiar sus reglas sin esperar a que la gente, por ellos aludida, las rompa y, además, sean los héroes de la película o se vayan de rositas. Reúnanse, hablen y hablen hasta la extenuación si es preciso, sin salir del lugar elegido para el encuentro, hasta que la ausencia de entendimiento haya desaparecido: su desgana, su renuncia, su altivez, su procrastinar o su falta de interés no les justifica; al revés, les denigra y envilece. 

Son de una intolerancia repugnante las posturas tomadas por los líderes de Cataluña y de España. Más si cabe la de éste (cuya responsabilidad es superior) que jamás ha tomado la iniciativa por entenderse o llegar a algún tipo de acuerdo,  salvo ahora, cuando ya no hay remedio, y sus medidas son las de un toro herido dando cornadas a diestro y siniestro por el filo de un precipicio deteriorando la imagen de España. Nos ridiculiza como en otras ocasiones. 

En España, tendríamos que ponernos de acuerdo en las partes auto gobernables de su territorio en razón a orografía, idioma o peculiaridades que se precisen y su modificación no dependa de ningún gobierno cuando se le antoje o considere oportuno. No se puede estar cada día intentando quebrar un compromiso alegando “el derecho a decidir” que la democracia nos otorga. Excepción sin paliativos para territorios sometidos por un régimen totalitario o el caudillaje de un dictador. Excepción también cuando los pactos se hayan alcanzado mediante la opresión, privación de libertades, chantaje o engaño. Podría darse la paradoja que mañana la alcaldesa de Madrid y su gobierno pidiera la independencia de Madrid, ¿por qué no?

Acude a mi memoria la actividad de mi profesión por la cual dos o más clientes deseaban o, mejor dicho, me imponían, pese a mis recomendaciones, abrir una cuenta corriente conjunta, es decir, se obligaban a tener que firmar todos para disponer de la misma. Pues bien, raro era que en el trascurso de la misma, alguno de ellos no exigiera saltarse tal obligación por razones más o menos comprensibles. Entonces, ¿qué se debía hacer?: ¿No consentir? ¿Aceptar? ¿Ceder? Pese a que me asistiera la razón; pese a todo: dialogar y llegar a compromisos.

Algo parecido opino respecto al tema que nos ocupa. Nada que ver con la democracia.  Pienso que acordar sin posiciones radicales es de sentido común. Siempre quedará la posibilidad de confeccionar una nueva cuenta, una nueva Constitución que recoja el sentir del momento; un sentir que puede variar en cualquier tiempo y no sólo dependiente del poder que, sea dicho de paso, en esta ocasión, se asienta en el punto de la cúspide de su autoridad en lugar de en la base del pueblo. Los ciudadanos deben refrendar acuerdos establecidos dentro de la ley y no enfrentarse entre sí por unos políticos que, por lo general, buscan intereses partidistas o salvar su culo señalando culpables e invocando a la democracia sin aportar soluciones que nos lleven a entendernos.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

MANDE QUIEN MANDE

Los sentimientos más emblemáticos de los hombres (esos principales seres vivos de la cadena evolutiva), impregnados o no desde la infancia, como el dolor, la angustia o el miedo; el placer, la alegría o el entusiasmo, son susceptibles de ser anulados, modificados o transformados por voluntad propia o ajena, aunque sean motores imprescindibles para mover el mundo y, por ende, hacer suya una religión, una identidad, una ideología y lo que de las mismas surja. (En mis dos anteriores entradas -La dictadura de las religiones y Forjar el futuro- que recomiendo leer, a ellos me refería). 

Hoy, relataré por última vez (pues al respecto de la cuestión catalana me he expresado en otras ocasiones), que el independentismo no es un sentimiento sino el deseo de poder.  En el caso que nos ocupa, se trata de un germen inducido de arriba abajo, es decir, la voluntad del Poder estimulando al pueblo y no al revés, por lo que su consistencia o duración será más bien efímera, aunque se promueva con cierta frecuencia.

Tal poder se preocupa para que su aspiración sea secundada por la mayor parte de los ciudadanos que gobierna, aun a sabiendas que la independencia es prácticamente imposible con las leyes de España que pertenece a un mundo interrelacionado como el actual (salvo que todos sus residentes se hagan anacoretas) y trata de provocarlos con emociones que los fortalezca aduciendo a algo más fácil de entender: “el derecho a decidir”. 

Un derecho a decidir innegable y más, como no puede ser de otra manera, en una democracia (de la que ambos gobiernos –estatal y catalán- alardean) a la que se llega mediante la decisión de los  votos de la mayoría. Antes, sin embargo, de igual manera, se tuvieron que establecer las leyes y normas por las que regirse que fueron por todos refrendadas. Nos guste o no, la democracia en España se ha conseguido entre todos los españoles (catalanes incluidos). (No olvidemos cómo las Cortes franquistas se hicieron el haraquiri, cómo se culminaron los acuerdos de la Moncloa, la Constitución, la entrada en la OTAN y la CEE, la implantación del euro…).

Estas leyes no impuestas por un régimen dictatorial (aunque la sombra entonces nos alcanzara por ser tan alta como un ciprés) son las que debemos modificar nuevamente si así todos lo queremos. Esa ha de ser la hoja de ruta. Nadie tiene derecho a influir en su propio beneficio alegando a sentimientos intransferibles, ni tan poco a modificar la ley justificándola por “un derecho internacional” de autodeterminación. Éstos pueden darse (incluso la desobediencia civil) ante leyes injustas, represoras, absolutistas. Y no es el caso. 

Cataluña no puede auto-determinarse como territorio cuando en él (como parte de una España plural) no se dan tales supuestos. Al contrario, su gente, la gente que en ella habita, ha de gozar de iguales derechos y obligaciones que las del resto del territorio y tener sus peculiaridades, sus sentimientos, sus costumbres como las demás comunidades que forman España. Ahora bien, existe el ligero tufillo (las evidencias parecen palpables) que muchos de sus políticos se han envuelto en la bandera de la independencia al ser atacados o tildados de malversar fondos. A nadie se le ocultan nombres, tanto físicos como jurídicos, que así lo han hecho para tapar sus vergüenzas, liar al pueblo y llenarlo de valor para que los secunden ya que solos no van a ninguna parte.

Amo a Cataluña. Me gusta su gente y su tierra. Son algo mío. ¿Por qué no puedo decidir igualmente? ¿Acaso los catalanes no han de hacer lo mismo sobre el resto de las tierras de España? Y más todavía. No me gusta el sistema monárquico  porque la democracia, a mi juicio, con ella está incompleta, por mucho que países europeos de más tradición democrática que la nuestra las mantengan.
   

La gente anhela que el mundo sea un sólo pueblo en libertad, democracia y bienestar, mande quien mande.

lunes, 4 de septiembre de 2017

FORJAR EL FUTURO

Hablar del futuro es muy complicado y quimérico pretender acertar lo que ha de ocurrir. En tal sentido, la mayoría de las veces opinamos, comentamos o  manifestamos expresiones que son más lamentos o deseos que otra cosa; sin embargo, éstos, no están exentos de criterio, toda vez que, divulgando los mismos repetidamente, se irán convirtiendo en realidades no queridas o, al revés, anheladas. Es, por tanto, a mi juicio, de vital importancia pensar en positivo, aun a riesgo de caer en la utopía de la que un servidor alardea. (Cualquiera que haya leído algo de mis escritos observará esa tendencia, aportando soluciones a dificultades o problemas).

Algo inherente a la propia capacidad humana (codiciosa y ligera por naturaleza), posiblemente, no se corresponda con el tiempo parsimonioso que la  Creación se toma en perfeccionarla.  Cabe suponer pues que, en alguna parte del planeta, el hombre  progrese en el orden material, económico y científico, pero no así, en la misma medida, en el orden interno y espiritual que lo satisfaga. Las culturas y civilizaciones, y con ellas los humanos, cambian de escenarios y de épocas; avanzan, retroceden y viceversa muy a menudo, mientras que la evolución (mutación, innovación… de los seres vivos) progresa lentamente en la dirección ansiada con la fuerza de la necesidad de cada especie.

Esto, sin duda, acarrea la máxima complejidad en la formación de un ser vivo, principalmente la del hombre (el mayor exponente conocido de tal acomodo), especializado en el desarrollo de la mente (hay quien habla que poseemos hasta cinco tipos diferentes de cerebro), a través de la cual, impulsando sus comunicaciones neuronales, origina los sentimientos motivadores  de nuestras primordiales energías. El hombre pues, estará condicionado por siempre, al albur de esa Naturaleza que, en su día, nos constituyó y, ahora, nos moldea de forma aleatoria, caprichosa o determinada por mucho que la estemos pervirtiendo con inmundicias y desastrosas actuaciones (contaminación, explotación, maltrato) que me dan pie a pensar lo apuntando al comienzo: aquello que se persigue denodadamente, por muy difícil que sea, se consigue.

¿Por qué no prescindir, importunar, rebatir las emociones negativas, propias o ajenas, que nos arrastran a las vías del miedo, la angustia o la desesperación, y tomar los caminos del ánimo, la ilusión y la esperanza? “En estos tiempos (como casi en todos) hay multitud de intrigantes que se han ido metiendo en los asuntos públicos, y no buscando otra cosa que su medro personal, han estropeado todo lo que ha pasado por sus manos. ¡Y ya está bien! Progreso en el orden material, económico y científico: sí; pero, igualmente, perspectivas más claras, un espíritu crítico más profundo, una actividad más racional, un mayor grado de madurez, extirpando muchos prejuicios nocivos” y, sobre todo, respeto a todo lo que nos rodea: Naturaleza y seres vivos.
   
Cuanto antecede, producto de una manera de sentir (ni mejor ni peor que tantas otras), es la expresión lícita, libre e individual de HONRADEZ, TRANSPARENCIA por las que tanto abogo y tan escasamente se practica: la mayoría de los humanos estamos henchidos de susceptibilidad que a pocas cosas positivas nos conducen. Es imprescindible, por consiguiente, evitar dañinos calificativos, palabras soeces o expresiones hirientes y, en su lugar, emplear palabras impecables, que se conviertan en habituales, con las que ir construyendo los senderos hacía una perfecta adaptación intelectual. Y, más todavía,  añadamos RENTABILIDAD esforzándonos lo más posible, sin tomarse nada personalmente, ni presuponer acerca de los demás.
 

Ya va siendo hora de  intercambiar bienes materiales por valores espirituales. Se puede vivir con menos cosas tangibles y con más apremios intelectuales. Es cuestión de proponérselo.

lunes, 28 de agosto de 2017

LA DICTADURA DE LAS RELIGIONES

El origen de la religión surgió, sin duda, a consecuencia del miedo a lo desconocido, a la ignorancia, a oscuros fenómenos naturales que los humanos eran incapaces de superar. Éstos, entonces, se asociaron para hacer frente y defenderse de tales misterios. Algunos creyeron que aunándose en torno a similares enigmas, con invocaciones, fórmulas o ritos comunes, se podrían combatir o aplacar, pero los malignos espíritus invisibles, que atentaban contra ellos, prevalecen todavía.  Así que, inventándose dioses (que más tarde personalizarían a su imagen y semejanza y cuya creencia R. Dawkins considera que es un delirio), cultos para adorarles y portavoces con los que comunicarse, florecieron grupos de individuos que les rendían pleitesía. Los hombres imploraban por no ser castigados o para conseguir algún beneficio y para ello, además de compromisos y sacrificios, donaban sus mejores bienes, tanto si eran complacidos (que justo era hacerlo) como si no (que su furia no se incrementase). De cualquier manera, los representantes de tales divinidades se forraban con tantos presentes (ya que éstas ni comen ni nada precisan) sin que, apenas, los acobardados seguidores  algo debatiesen: ¿Por qué  precisaban de intermediarios? ¿Cómo ambos se entendían sin desavenencias? ¿Cuándo fueron de poderes investidos? ¿Dónde residían o quién los creó?

Desde entonces, mucho tiempo ha pasado y multitud de religiones se han eclipsado, emergido o cambiado, sofisticándose de mil maneras, adaptándose a la época, a los modos y a las costumbres; pero lo principal, es que el alimento del que se nutren, continúa intacto: el miedo, la ignorancia, la oscuridad, el misterio, la apatía, el desconsuelo… los mismos condicionantes en los que se fundamenta toda dictadura, toda tiranía, todo absolutismo para permanecer y, afortunadamente, se superan. Sin embargo, la religión, por muy absurda que sea, es una creencia irrebatible, dado que emana de un sentimiento  (“cuestión de fe”) para el que no existe razón posible y, menos todavía, si ésta conduce a que sus mediadores dejen de forrarse, pierdan sus influencias o se anulen, como ocurre con los dictadores.

Las religiones ocupan todo acto de la vida humana, por diminuto que éste sea. Tanto las politeístas como las monoteístas (las menos disparatadas) dictan, a través de sus normas, lo que hay qué hacer desde que hombre nace hasta que expira. Qué comer, cuándo hacerlo: día, hora, minuto y segundo. Cuándo ayunar. Cómo vestirse. Lo que es puro y lo que no lo es, lo sagrado y lo profano…. Las religiones, a través de varones como protagonistas, interpretan las palabras, los gestos, los designios de su Dios (que no puede ser el mismo porque sus mensajes son diferentes)  relegando a la mujer, a otros humanos y demás seres vivos a planos de inferioridad como si fueran cosas insignificantes. Las religiones imponen su racismo y autoridad aplicando severos castigos (físicos y metafísicos) y su gobierno deja mucho que desear.  Hoy, ya hay mucha gente cuestionando (con poco que sepan de su historia) los cuentos que les contaron en su infancia, los fanatismo de las cruzadas, las guerras santas, la muerte a los infieles; las aberraciones de las inquisiciones, los demonios de los infiernos, las vírgenes de los paraísos; el cómo, el porqué y de qué manera algunos vivos se arrogan los mandatos divinos para hablar de separatismos, excomuniones, pecados,  penitencias… e invocan intereses espurios aduciendo que será “lo que Dios quiera”.


“El mundo necesita despertar de esta larga pesadilla” (Muy Interesante 435 Agosto) dejando las creencias religiosas a la intimidad de cada uno, toda vez que los sentimientos, además de internos,  libres y sinceros, corresponden a un único espíritu creador personal. Publicitar la fe religiosa o competir por su hegemonía, son rasgos comerciales, que no han de atentar al sentimiento agnóstico, si cumplen con la ley y pagan sus impuestos. Inculquemos a nuestros niños valores de bondad, respeto, honradez y no credos a erradicar. Que la escuela y la universidad los extienda a la sociedad para que cuando cada cual tenga capacidad de juicio decidan su identidad, sin que otros lo hagan por ellos.